Mercado Central

Por Peter Majerle   Foto por Andrés Madrigal

Resumen

El corazón de San José late al ritmo de la cultura costarricense

Entretejiendo el paso entre vendedores pregoneros de lotería para poder ingresar a través de una entrada cavernosa, me dejé tragar por el oscuro laberinto. Este no es el típico sitio turístico, pensé, a medida que mis ojos se ajustaban a su nuevo entorno. Los estrechos pasadizos se encuentran siempre llenos de gente que regatean enérgicamente y señalan la mercancía que guinda de las abruptas paredes. El denso aire está cargado de diversos aromas: sabrosas hierbas tropicales que proclaman su habilidad para curar cualquier mal; dulces frutas y vegetales que danzan entre el olfato; el pescado fresco que declara su cáustica presencia. Lo que se ve, se escucha y se saborea en el Mercado Central, localizado en el corazón de San José, es simplemente una delicia para cualquier viajero que quiera conectarse con la cultura local.

El Mercado Central en San José data desde principios del siglo XIX. Como en otras ciudades centroamericanas, el Parque Central se convirtió en mercado un día a la semana. Al principio, antes de que se construyera un edificio para ello, los ansiosos vendedores y los compradores hambrientos se reunían en el parque para examinar ya fuesen los productos frescos, la carne o los productos secos que se traían de todo el país. A medida que la población de San José crecía, así también aumentaba la necesidad de un mercado diario y fijo. El parque se llenaba de gente los sábados y la economía local dependía de las frutas que se vendían en el parque.

Con el tiempo, un sitio centralizado se convirtió en una necesidad para acomodar la cantidad de comercio que traían los fines de semana. Ya para finales de siglo el gobierno ofrecía una respuesta. El decreto del gobernador establecía que “en la capital, especialmente, debido al aumento en el progreso y a la creciente demanda de los habitantes, se hace necesario disponer de un mercado diario para lo cual es indispensable un edificio dedicado a ello”. En 1880 el gobierno construye el edificio para el Mercado Central, el cual todavía se encuentra situado entre Avenida Central y primera, y entre calles 6 y 8.

El Mercado, que se ha constituido en punto neurálgico de la congregación y la interacción urbana de los últimos 120 años, casi pierde su vida hace una década. Hacia finales de 1980 y principios de 1990 Costa Rica experimentó un incremento significativo en el turismo local. Cada día traía más dólares extranjeros a tierra costarricense, y de esta forma este país pobre buscaba reinvertir ese dinero. Con ese nuevo prospecto de mayores entradas vinieron las discusiones sobre modernización, incluyendo un movimiento que buscaba demoler el Mercado y poner en su lugar un moderno centro de compras. “Este viejo edificio les da a los turistas una mala imagen de lo que es San José”, escribió Roberto Delgado, un líder del movimiento anti-Mercado en 1994. “Es él (el edificio) el que emite malos olores y es él el que sirve de guarida para delincuentes. Además se hace necesario modernizar San José”, añadió Delgado. Afortunadamente ganaron los que buscaban su preservación y se detuvo la maquinaria de su demolición. Hoy en día podemos disfrutar del mercado tal y como se hacía un siglo atrás. Costa Rica se ha modernizado manteniendo muchos de sus íconos históricos y culturales que ayudan a preservar ese sentimiento único de la vida costarricense.

El Mercado Central puede que sea el mejor lugar para experimentar ese único estilo de vida. “A pesar del reciente bombardeo de centros comerciales”, escribe Alejandra Zúñiga, “el Mercado continúa siendo el centro donde cientos de costarricenses se reúnen diariamente para comprar, comer y sentir nuestra cultura”.

En la actualidad ya no son cientos, son miles. La Municipalidad de San José estima que más de 50.000 personas pisan los pasillos del mercado cada día para encontrarse, comprar y compartir una experiencia común. Debido a esto, el Mercado Central puede que sea el mejor lugar para realmente sentir la cultura costarricense. Al caminar a través de las calles de la capital de Costa Rica, un extranjero se siente bien recibido por paisajes familiares de centros comerciales, cadenas de comida rápida y autos que pasan como bólidos; pero al entrar al Mercado uno entra, de hecho, en el pasado costarricense.

La antigüedad del lugar le da a los oscuros pasillos un sentido de perpetuidad que nos transporta a la Costa Rica de hace 120 años. El prospecto de una buena conversación y de una abundante comida abarrotan los restaurantes locales o sodas con trabajadores ticos codeándose y contando chistes mientras disfrutan los sabrosos platillos locales, muy baratos, por cierto. Sentarse a comer en una soda a la hora del almuerzo es llegar a conocer al verdadero pueblo costarricense, compartiendo sus comidas tradicionales, su ambiente y su conversación.

Después de comer, uno puede vagabundear por su laberinto de pasillos. Allí uno puede encontrar muchos productos típicos que van desde monturas hechas a mano hasta sombreros de paja o imágenes religiosas. Un poco de exploración puede ser muy revelador acerca de la cultura local: sus mitos y objetos de veneración, sus tendencias en dieta y medicina, la cultura popular. Hay que tomarse el tiempo para respirar profundamente, explorar a detalle y saborear lo desconocido que acecha en cada fascinante esquina.

El Mercado, un original centro de compras, alberga hoy en día cerca de 250 comerciantes diferentes y ha cambiado de la base de la industria del comercio costarricense a una base cimentada en la cultura local. Desde gente amistosa hasta finas flores o pescado fresco, el Mercado Central es centro obligatorio para el visitante inquieto por la cultura del lugar y que se interesa por sentir realmente a Costa Rica.

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